La nada es azul. Veo los poemas como puzles que conforman el Todo, el absoluto, que a su vez es una pieza de un puzle todavía más grande. Para mí el límite de la nada se crea por su cognoscibilidad. El no entender más allá crea una línea que no se traspasa de manera espontánea, quizá para cerrar, para no necesitar ni buscar más piezas. Puede que tenga que ser así naturalmente. Como una atmósfera cerrada con sus propias leyes. Cuando nos invade la nada estamos obligados a ese puzle. No es un juego ni un pasatiempo. Es real. Es lenguaje. Como si se rompiese esa línea del entendimiento que divide lo que hay en nuestro interior y fuera de nosotros y el entender necesitara de esas piezas; no para construir el puzle, sino para comprender dónde estamos, por dónde vamos pasando. De esta manera se podría decir que el lenguaje surge de la experiencia. La experiencia troquela los centros del lenguaje que se activan, en un principio, para nombrar ante el miedo a no ser comprendido. Un decir que no queda en la memoria, sino que se desvanece una vez escrito el poema. Creo que la nada es azul, azul es su color. Un color que flota en los lugares más insospechados del Tiempo.
Ángel Ferrer Samatán